jueves, 10 de febrero de 2011

"YO, CLAUDIO" O COMO NAVEGAR CON BANDERA DE PENDEJO SIN SERLO.



El erudito británico Robert Graves inspirado indudable mente por la obra del biógrafo clásico Cayo Suetonio Tranquilino "Doce Cesares". Graves magistral mente retrata en esta novela autobiografía ficticia del cuarto emperador romano Tiberio Claudio César Augusto Germánico - Estos romanos y sus nombres, pero nada se compara con los nombres rusos- seria muy tortuoso y ocioso de mi parte abusar de vuestro tiempo narrando la celebre y hasta por que no decirlo triste vida del citado emperador romano, que lo admirable de su persona es que a pesar de la investidura de pendejes en que lo habia encasillado su familia, debido por sus tics nerviosos, tartamudeo, cojera, y un complejo de inferioridad incentivado de gran manera por su abuela materna la emperatriz Livia y su madre Octavia, Suetonio comento: "... Su madre Antonia le llamaba sombra de hombre, infame aborto de la naturalezaes; y cuando quería hablar de un imbécil, decia: Es mas estúpido que mi hijo Claudio. Su abuela Livia sintió siempre hacia él un profundo desprecio; le dirigía la palabra muy raras veces, y si tenia algo que advertirle, lo hacia por medio de una carta lacónica y dura o en tercera persona. Su hermana Livila, habiendo oido decir que Claudio reinaría algún dia, compadeció en alta voz al pueblo romano por estarle reservado tan infausto destino ..." , inclusive su abuelo el emperador Octavio Augusto comento en una carta: "... si por el contrario, le encontramos incapaz, si no goza de la salud del cuerpo y del espíritu, no hemos de exponerle al ridículo, ni exponerle a el ante los satíricos que todo lo toman a burla....". El encasilla miento le sirvió para sobrevivir a las constantes luchas fratricida de la familia Julio- Claudia por la sucesión al trono de emperador de Roma. Mientras sus parientes fueron brillantes militares y políticos, su aparente estupidez lo relego a desarrollarse como un hábil historiador y consumado jurista, y que aun después de superar un sin fin de vicisitudes personales - el autor incluye lo que pudo haber padecido con su sobrino Calígula cuando le nombro Cónsul- llego por asares del destino o mas bien de la Guardia Pretoriana, a ser coronado emperador, y que muy a su pesar, llego a ser uno de los mejores emperadores de la antigua Roma. Claudio navegaba con bandera de pendejo pero de pendejo no tenia ni pizca.

Lawrece Alma- Tadema, "Un Emperador Romado 41 D.C."
Grato proclama a Claudio Emperador (detalle), Oleo sobre tela. 1871.

La novela llega inclusive narrar sobre un tratado de Juego de Dados que Claudio escribió, o el por que la necesidad de invención del propio emperador de crear unas letras que llevaron su nombre - letras Claudias pues- Graves muestra en estos puntos que para algunos puedan ser material aburrido y hasta exagerados, muestra grandemente su conocimiento en la obras clásicas y como según en palabras textuales del propio Graves, en sueños se le apareció el mismísimo emperador Claudio exigiéndole que escribiese la obra aquí tratada. A Robert Garves le conocí - en cuanto a lietratura se refiere y no física mente- en mis años de universitario, en una voluminosa y magistral tratado de "Mitos Griegos" allá por 1998 cuando tenia la materia de Historia Universal I impartida por el gran arqueólogo guatemalteco Mario Tejada. Con la obra "Yo, Claudio", no tropezaría hasta que mi padre me recomendó la serie televisiva de la BBC, en donde los actores son todos de primer nivel en especial Derek Jacobi como Claudio, y es mítica la calidad de la adaptación televisiva de la obra. Por lo que sin excusa ni pretexto me di a la tarea de comprarla junto junto con la segunda parte, "Claudio, El Dios", ambas editadas por Alianza Editorial en libros de bolsillo lo cual no desmerece su calidad.

A si como el nexo Suetonio- Graves, la obra literaria esta ligada perpetua mente con la serie televisiva en mi imaginario, lo cual marca un viejo adagio que reza a si: "el libro es siempre mejor que la película". Sale hay luego nos echamos otro uno...

sábado, 5 de febrero de 2011

CARTA DE UN INDIO A UN GRINGO.



Maximiliano:

Usted me ha dirigido una carta confidencial fechada el 2 del presente desde la fragata Novara. La cortesía me obliga a darle una respuesta, aunque no me haya sido posible meditarla, pues como usted comprenderá, el delicado e importante cargo de presidente de la República absorbe todo mi tiempo sin descansar ni aun por las noches.

El filibusterismo francés ha puesto en peligro nuestra nacionalidad y yo, que por mis principios y mis juramentos he sido llamado a sostener la integridad de la nación, su soberanía e independencia, he tenido que multiplicar mis esfuerzos para responder al sagrado depósito que la nación, en ejercicio de sus facultades soberanas, me ha confiado. Sin embargo, me he propuesto contestar aunque sea brevemente los puntos más importantes de su misiva.

Usted me dice que "abandonando la sucesión de un trono en Europa, su familia, sus amigos y sus propiedades y, lo que es más querido para un hombre, la patria, usted y su esposa doña Carlota han venido a estas lejanas y desconocidas tierras obedeciendo solamente al llamado espontáneo de la nación, que cifra en usted la felicidad de su futuro".

Realmente admiro su generosidad, pero por otra parte me ha sorprendido grandemente encontrar en su carta la frase "llamado espontáneo", pues ya había visto antes que cuando los traidores de mi país se presentaron por su cuenta en Miramar a ofrecer a usted la corona de México, con las adhesiones de nueve o 10 pueblos de la nación, usted vio en todo esto una ridícula farsa indigna de que un hombre honesto y honrado la tomara en cuenta.

En respuesta a esta absurda petición, contestó usted pidiendo la expresión libre de la voluntad nacional por medio de un sufragio universal. Esto era imposible, pero era la respuesta de un hombre honorable.

Ahora cuán grande es mi asombro al verlo llegar al territorio mexicano sin que ninguna de las condiciones demandadas hayan sido cumplidas y aceptar la misma farsa de los traidores, adoptar su lenguaje, condecorar y tomar a su servicio a bandidos como Márquez y Herrán y rodear a su persona de esta peligrosa clase de la sociedad mexicana. Francamente hablando me siento muy decepcionado, pues creí y esperé que usted sería una de esas organizaciones puras que la ambición no puede corromper.

Usted me invita cordialmente a la ciudad de México, a donde usted se dirige, para que tengamos una conferencia junto con otros jefes mexicanos que se encuentran actualmente en armas, prometiéndonos todas las fuerzas necesarias para que nos escolten en nuestro viaje, empeñando su palabra de honor, su fe pública y su honor, como garantía de nuestra seguridad.

Me es imposible, señor, acudir a este llamado. Mis ocupaciones oficiales no me lo permitirán. Pero si, en el ejercicio de mis funciones públicas, pudiera yo aceptar semejante invitación, no sería suficiente garantía la fe pública, la palabra y el honor de un agente de Napoleón, de un hombre cuya seguridad se encuentra en las manos de los traidores y de un hombre que representa en este momento, la causa de uno de los signatarios del Tratado de la Soledad.

Aquí, en América, sabemos demasiado bien el valor que tiene esa fe pública, esa palabra y ese honor, tanto como sabe el pueblo francés lo que valen los juramentos y las promesas de Napoleón.

Me dice usted que no duda que de esta conferencia —en caso de que yo la aceptara— resultará la paz y la felicidad de la nación mexicana y que el futuro Imperio me reservará un puesto distinguido y que se contará con el auxilio de mi talento y de mi patriotismo.

Ciertamente, señor, la historia de nuestros tiempos registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos, su palabra y sus promesas; han traicionado a su propio partido, a sus principios, a sus antecedentes y a todo lo que es más sagrado para un hombre de honor y, en todos estos casos, el traidor ha sido guiado por una vil ambición de poder y por el miserable deseo de satisfacer sus propias pasiones y aun sus propios vicios, pero el encargado actual de la presidencia de la República salió de las masas oscuras del pueblo, sucumbirá, si es éste el deseo de la Providencia, cumpliendo su deber hasta el final, correspondiendo a la esperanza de la nación que preside y satisfaciendo los dictados de su propia conciencia.

Tengo que concluir por falta de tiempo, pero agregaré una última observación. Es dado al hombre, algunas veces, atacar los derechos de los otros, apoderarse de sus bienes, amenazar la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer que las más altas virtudes parezcan crímenes y a sus propios vicios darles el lustre de la verdadera virtud.

Pero existe una cosa que no puede alcanzar ni la falsedad ni la perfidia y que es la tremenda sentencia de la historia. Ella nos juzgará.

Benito Juárez